Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Los lineamentos de las dos grandes revoluciones[490] de la independencia
en el norte y en el sur del continente son demasiado diversos para que
se los pueda superponer. No debe olvidarse que el grito revolucionario
resonó en la América del Sur en 1810, cuando ya la Europa había olvidado
la aventura a que se lanzara Francia en 1789; cuando[491] las acciones
de la democracia habían sido despreciadas en el mercado político
europeo, dominado como estaba por un escepticismo contra el cual tenía
escasa acción el éxito relativo con que la América sajona había
comenzado a poner en práctica sus instituciones democráticas. En el
norte el deseo de instituir un gobierno propio[492] primaba sobre el
anhelo de independencia, según lo comprueba el ofrecimiento de
obediencia y de voluntaria contribución que hicieron las colonias
inglesas al soberano; en el sur el deseo de independencia era lo primero
y la forma de gobierno lo segundo. Fracasada la libertad de Francia en
el imperio militar y desacreditada la república[493] por los crímenes
del Año Terrible, la democracia[494] no tenía atractivos especiales para
los promotores de la revolución, por lo menos para los espíritus más
prácticos; antes bien esa forma de gobierno[495] concitaba peligros,
entre los cuales el más grave era sin duda el de no alcanzar de la
Europa el anhelado reconocimiento de la independencia.
Si éstas son razones históricas y por lo tanto ocasionales, otras más
profundas y de un orden social hicieron el proceso diferente en ambos
extremos de América; y por lo que toca a la del[496] Sur, más dramático
y doloroso que en el Norte. El gobierno español había establecido un
régimen colonial fundado en la opresión y el egoísmo, dentro de cuyo
programa absoluto no cabía el ejercicio de la más débil iniciativa
local. Tan profundo fué el sello impreso por el ejercicio de este
paternalismo estrecho, que sus resabios son visibles todavía en la vida
política de casi todas las naciones que estuvieron un tiempo sometidas a
España. En muchas de ellas la evolución político-democrática ha sido
entendida, a lo sumo, como el paso de la autocracia despótica al
paternalismo benévolo. Aun hoy día el estudioso podría descubrir en la
legislación de algunos países de la América española, una como
presunción[497] de que el pueblo es el sujeto pasivo de la actividad
social ejercida por el Estado, de quien se aguardan todas las
iniciativas. El Estado,[498] por su parte, no hace mucho por modificar
este concepto, antes bien se apresura a confirmarlo tomando[499] así
toda carga que conduzca al progreso social. Hay la tendencia a mirar
este progreso, este resultado, como el fin mismo de la actividad del
Estado y de aquí que esas sociedades casi carezcan[500] de legislación y
de órganos para instaurar procesos sociales que tengan en vista aquellos
resultados, pero en los que intervenga la actividad general, con cuyo
ejercicio se perfecciona la verdadera educación democrática.
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