Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración,
tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes;
pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se
cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes
condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el
emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje
(con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y
sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo
argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje?
¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el
escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo
las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea
de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los
barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...
Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos
establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de
dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su
nueva existencia y gozando de una prosperidad--por escasa que
sea--siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente,
ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.
Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la
seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El
muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos
de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y
pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca
para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el
vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El
personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las
inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas
desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea
recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con
una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un
día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho,
chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un
futuro millonario en el listo _galleguito_. Los hebreos del lejano
Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de
Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las
colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina
los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho
el viaje varias veces. Son _golondrinas_ que llegan[608] en la época de
la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios
exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje
de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos
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