Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales,
fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último
término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la
esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la
pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612]
vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de
libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en
cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras
que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.
--Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a
mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es
grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las
razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.--
* * * * *
El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en
que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la
muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten
heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros
permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres
después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris
parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el
polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave,
levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a
prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de
lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores,
insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.
* * * * *
Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar,
y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia
Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.
Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una
ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.
--¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna!
¡Hosanna!
Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada
predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el
momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y
las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a
la cola del inmenso éxodo.
Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a
Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria,
y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por
el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada
cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.
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