Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos,
mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las
praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser
ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y
cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de
hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les
da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus
inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay
lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas,
apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y
rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en
los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días,
recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y
elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con
nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río
abajo, hacia los azules[629] campos.
Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la
ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido
desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres
toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la
cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se
concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente
vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos,
silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una
guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan
en el muelle.
El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido.
¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que
todos los días devora su ración humana?...
Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada
escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad.
El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y
recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan
desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece
cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para
que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.
Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen
cohibidos, atemorizados.
"¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!..."
La inmensa metrópoli sudamericana pesa sobre ellos con toda su
enormidad.
Nadie echa ya la cabeza atrás con arrogancia belicosa, ni saca el pecho
fanfarronamente. Las frentes se bajan a impulsos de la inquietud; las
espaldas parecen encorvarse como si sintieran por adelantado el peso de
una vida de laboriosidad que va a empezar.
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