Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Una mula con el equipaje y provisiones, dos de remuda, el guía tras de
ellas, y yo cabalgando en silla inglesa a retaguardia, íbamos en
procesión por una senda angosta a las cuatro de la mañana siguiente. La
luna no alumbraba; las estrellas, tímidas todavía ante la reina
eclipsada, no alumbraban tampoco; y yo sólo contaba para mi salvación
con el instinto de mi cuadrúpedo y del bípedo delantero. No sabía si
caminaba[306] para adelante o para atrás; y por salir de una
ofuscación[307] muy frecuente en semejantes situaciones, llevaba la mano
a la cabeza del caballo porque me[308] parecía que el animal estaba al
revés. "Las tinieblas estaban sobre la haz del abismo", como en el
primer capítulo del Génesis. Poco a poco comenzó a fosforescer la
columna del vapor tibio de la respiración de las bestias; el aire tomó
el oriente de las perlas; la inevitable compañera de todo cuerpo comenzó
a marcarse en el suelo; hasta que al fin, el dedo de Dios "separó la luz
de las tinieblas" que huyeron. ¡Qué sitios tan bellos había robado la
noche a mi contemplación! La montaña estaba a mi derecha; el torrente a
mi izquierda. Unas _tunas_ del género _cirio_, más corpulentas y
cilíndricas que las que conocemos aquí, reunidas en familia de cinco y
seis individuos de todas edades y estaturas, se levantaban verdes y
airosas, con envidia del aficionado a jardines.[309] Con este instinto
del mal que distingue al hombre, las hacía _emigrar_ con la imaginación,
y las colocaba dentro del círculo artificial de un parque a la inglesa.
No sólo por sus formas y color que eran bellos, la naturaleza les había
dado aduladores para realzar sus méritos: una planta parásita llamada
_quiltre_, que a merced de sus tenaces púas se injerta en los árboles
hasta connaturalizarse con ellos, formaba de rojo y amarillo
guirnaldas[310] preciosas sobre la cabeza de los cactus; en otros,
ceñidos más abajo por las mismas flores,[311] remedaban sartas de
corales en la garganta de una[312] mujer de Arauco. Piedras enormes,
árboles pequeños,[313] obligaban al sendero a arrastrarse por aquellas
faldas como una serpiente; que tal[314] parece en realidad, cuando la
vista puede descubrir la serie sin interrupción de sus anillos
blanquizcos.
Voy a hacer una advertencia. Cuando le diga a Vd.: "Me paré, almorcé
aquí, comí allá, dormí en tal parte", no era yo el que tenía cansancio,
hambre ni sueño, sino las mulas o el conductor, porque mi voluntad no
entraba para nada en la formación de las leyes de aquella república
ambulante. Por otra parte, las jornadas están señaladas por la
naturaleza, por decirlo así, combinada por la necesidad del transeunte
en las Cordilleras. Es preciso parar a comer donde haya agua y sombra:
dormir en paraje abrigado y en la cercanía de algunas hierbas para que
pasten las bestias.
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