Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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Estratificada así la sociedad, el historiador puede seguir una línea
correspondiente de separación durante todo el proceso histórico. Dos
factores, diferentes cuando no antagónicos, se desarrollaron[508] en
esas sociedades al sonar la hora de la revolución. El uno el factor
idealista, que pudiéramos decir, se inspiraba en un pensamiento
aristocrático, siquiera sea dicho en su estricto sentido etimológico,
puesto que respondía a la convicción de que[509] las clases superiores y
cultas tienen la responsabilidad de tutela social. Para estas clases el
problema político era un problema filosófico, dependiente en gran parte
de una legislación apropiada. Aunque para los prohombres el gobierno más
perfecto era el que garantizaba el mayor bien al mayor número, ése era
el límite extremo de sus teorías democráticas. Dado el medio en que
actuaban, ninguno de ellos hubiera ido tan lejos como para proclamar el
derecho de todos y de cada uno a contribuir con su expresión individual
a formar el ideal colectivo; a constituir, en suma, una nación que fuera
expresión fiel de la cultura moral y social existente entonces en el
pueblo. Ninguno se habría resignado a dejar en manos de las ciegas
mayorías el futuro de la nación. Nadie habría llevado tan lejos su fe en
los instintos de la colectividad. Creían, pues, en el gobierno de los
mejores, es decir, de los que ellos creían tales, pues para medir los
méritos de los hombres aplicaban el cartabón de la cultura y de la
sabiduría y no el simple magnetismo personal ni otras cualidades
elementales y primitivas, que en los estratos inferiores de la sociedad
despiertan admiración y deciden la superioridad.
De acuerdo con este criterio, las naciones sudamericanas han dado a sus
instituciones políticas un sello a veces diferente del que imprimieron a
las suyas las colonias anglo-sajonas, diferencia, por otra parte, que
nadie sería osado a condenar pues son variantes del problema que con su
existencia plantea desde hace siglo y medio la democracia.[510] Para no
detenernos sino en uno de esos contrastes, véase el diferente alcance
que las naciones de la América hispánica han dado al concepto
"representativo", respecto del sentido que ese término recibe en las
prácticas políticas de la América inglesa. Según éstas, el gobierno
representativo debe reflejar fielmente la fisonomía de la sociedad que
representa; y para asegurar ese carácter, los representantes son
emanación directa de las circunscripciones locales. El gobierno, pues,
no puede nunca ser superior al pueblo, ni acaso para el espíritu de esas
sociedades es deseable que lo fuese. Los países latinoamericanos han
dado a la representación un significado menos estricto, haciendo que los
representantes lo sean[511] en común de las grandes divisiones
políticas, con lo cual se cumple el propósito de que la representación
recaiga sobre las personas de mayor prestigio y sabiduría, residentes
por lo general en las capitales y centros importantes.
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