Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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La medioeval Toledo, patria de mágicos prodigiosos,[590] brujos
omnipotentes y alquimistas fabricantes de oro, ocupó la imaginación de
los europeos siglos y siglos, evocando en su sencilla fantasía montones
inmensos de monedas rutilantes, cuevas rellenas de barras del precioso
metal, palacios carcomidos, próximos a hundirse bajo el[591] peso de
inauditas riquezas. ¡Ser brujo de Toledo! ¡Poseer la receta misteriosa
para la fabricación del oro!... Esta ilusión estaba tan arraigada en el
alma medioeval, que ha perdurado a través de los siglos, y aun hoy las
viejas judías de Salónica[592] y Constantinopla que guardan las
tradiciones de España, patria de sus mayores, cantan viejos romances a
la gloria de la ciudad del Tajo y sus fantásticas riquezas.
Durante la colonización hispanoamericana, el renombre de una ciudad casi
desconocida ahora, conmovió el mundo. ¡Potosí!... Al pronunciar[593]
este nombre veíase con la imaginación un monte inmenso de engañosa
corteza terrena, en la que bastaba arañar un poco para que quedasen al
descubierto las entrañas de metal deslumbrador. Semejantes al rey Midas
de la[594] leyenda, que convertía en oro todo cuanto tocaba, los hombres
de este país de maravillas vivían rodeados de una abrumadora y forzosa
suntuosidad. La plata valía menos que el hierro y la loza grosera. De
plata eran las herramientas del trabajo, los objetos de usos más viles,
las vajillas ordinarias, y hasta los guijarros con que se apedreaban
los muchachos.
¡Potosí! ¡Mágico nombre!... En Europa los labriegos se hacían soldados
para poder llegar en son de conquista al famoso país: los estudiantes y
los clérigos cambiaban las negras bayetas escolásticas por el coleto de
ante y la espada del aventurero: hasta los nobles abandonaban el regalo
y las intrigas de la corte y partían a la conquista del Vellocino,
despreciando la renta[595] vulgarísima y reposada de sus cortijos,
toradas y tierras de pan llevar, ante la esperanza de una[596] fortuna
inmensa, rápida, fulminante, en un país donde acababa de realizarse el
secular ensueño de El Dorado.[597]
Luego, durante una mitad del siglo XIX, otro nombre de América hizo
palidecer el de la famosa[598] ciudad del Alto Perú. ¡California! ¡Los
_placeres_ de oro inmediatos al Pacífico!... Y los soñadores de Europa
que habían dedicado de antemano su vida a la aventura y al peligro,
corrieron al encuentro de esta nueva resurrección de la Quimera que
agitaba sus escamas de oro al otro lado[599] de los mares: y las gentes
de simple entendimiento y férrea voluntad les siguieron en esta
peregrinación hacia la riqueza, descuajándose de la existencia
sedentaria, arracándose de las raíces que les unían a la aldea natal, al
campo alimentador de su estirpe, para afrontar los peligros de una
correría errante e incierta.
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