Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a
brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de
la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de
los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619]
por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia
de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe
que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena
capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión
imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los
alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a
los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con
el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que
asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las
señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie.
¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para
salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él,
quitando todo valor a la palabra "imposible". Matará, si es preciso,
tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una
anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a
su gusto. ¡Él lo hará todo!...
Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color.
Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que
llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor,
y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el
mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un
río, el famoso río de la Plata.
Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan
centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la
horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más
densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian
en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la
luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]
--¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!--gritan a proa, con entusiasmo de
peregrinos.
No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.
El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora
parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al
movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus
plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una
extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo,
parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la
luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el
paso a las embarcaciones en esta inmensidad.
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