Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de
maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono
_ric-ric_ durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos
duermen.
La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos
abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la
estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de
un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto
llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la
soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a
recibirles?...
Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de
sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías,
que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los
heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante
empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el
transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus
indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.
El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto
basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz
engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los
arrojos, que no reconocía obstáculos.
Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas
destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se
agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la
esperada visión.
--¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?
Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a
ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares
septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea
ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A
través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras,
lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del
peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos
el tirón del remolcador.
De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya.
Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de
la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del
buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes,
y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de
edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie
acuática.
--¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.
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