Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado
Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su
belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a
robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en
que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus
pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo,
seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus
órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo,
al mando de numerosa horda.
Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy
atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad,
acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un
espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238]
de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y
otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el
silencio[239] y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y
contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas
y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré
y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos
lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble
valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la
refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el
costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al
traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale
penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán
castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre
algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa.
Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable
Mangoré, quien los guardó cautivos.
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