Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
Argentina; Argentina -- History; Spanish language -- Readers
En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que
separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del
Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María
al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto
veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su
frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos
hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados
por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua
alarma, era María una blanca estrella que alegraba su vida derramando
sobre ellos su luz consoladora.
Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué
sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor
había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.
II. Un Sueño
Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un
vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres
degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de
sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas
ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una
inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con
planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre
cuyo brazo desnudo blandía un puñal.
Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del
arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban
relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una
atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo
caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus
labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho
y la arrancó el corazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo
con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus
pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una
detonación, y María, dando un grito se despertó.
III. El Encuentro
--¡Era un sueño!--exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía
por los tumultuosos latidos de su corazón.--¡Era un sueño!
Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del
terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta,
trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el
lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos
oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.
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