Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los
salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que
el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el
freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una
flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto,
vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas
sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y
su terror crecía a la vista de un bosque negro que terminaba el
horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se
agitaban.
De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido
de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió
sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido.
Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con
la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había
salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de
gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió
a caer exánime a los pies del incógnito.
Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.
IV. Amor y Agravio
Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la
mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba
todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del
ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la
joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí,
contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos,
exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién
eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien
quiera que seas, vengas del cielo o del abismo, y, aunque despedaces mi
pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!
Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su
amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se
desvanecía con las sombras.
Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola
y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su
cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que
aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.
Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas,
y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.
V. Dieciséis Años Después
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