Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó
rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una
hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido
que, asomado al balcón, parecía[248] esperar con impaciencia, bajó
presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del
carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su
cuello: ¡Mi amada María!--¡Amigo mío!--exclamaron ambos a la vez
estrechándose con ternura.
--¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?--dijo de pronto la dama arrancándose de
los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.
--Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico
salón,--nuestro hijo,--amada mía, se halla en esta hora en el momento
más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo
triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.
--¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!...
¡Alberto!... ¡Perdón!
--¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres
una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para
ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en
los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas
en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?
--¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!--exclamó ella doblando una
rodilla ante su marido.
Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía
esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249] ser
feliz.
--Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a
medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece,
reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250] fe? No, pues yo
creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras
más[251] sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a
ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.
--¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en
nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa
confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]
Public-domain text, read in full here on John Shaqi.
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