Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y
elevando al cielo una mirada de gratitud.--¡Dios mío!, bendito seas
porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de
paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer
que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han
pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de
esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna
nueva virtud. Dieciséis años hace encontréme un día abandonada, sola
entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso;
pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro
corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de
oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.--Te amo, me dijiste, y mi
amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo
seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.
--¡Y bien! ¡Y bien!--la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad
de las almas generosas, para velar su grandeza.--¡Vaya un gran
mérito![253] ¡Cumplir con una misión que nos haga feliz!
Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber
con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la
conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua
amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los
recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la
oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con
asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de
reunir todos los poderes del Estado.
A estas palabras de su esposo, María palideció.
--¡Oh! ¡Alberto!--dijo, estrechando su mano con terror,--en nombre del
cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te
despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del
poder.
--Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el
cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un
alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación,
aunque me haya quitado su amistad.
En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba
a su presidente para[254] discutir la importante cuestión del día.
Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.
--¿Lo veis, querida mía?--le dijo,--mi sacrificio comienza desde ahora.
Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del
deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda
separación en este momento me parece eterna....
Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron
algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego
dijo a su esposa sonriendo:--Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a
Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que
turban todavía la paz de tu alma.
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