Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera
engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban
nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué
vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los
tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos
sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago
del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una
señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de
contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y
presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas
transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos,
saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la
mamá por "_ese caballero_",[569] echaba algunos requiebros de buen tono
a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del _cadete_ y lo ofrecía
a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber
cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería,
entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los
negocios.
Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe,
porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés
formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de
fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los
tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los
mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín
zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y
leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados
de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en
nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y
de Gobelinos[572].
¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano
izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante
los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la
pieza de percal, de muselina o de _barège_ envuelta alrededor de la
tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada
indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos,
qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba
para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse
ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando
el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora,
poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta
de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de
la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza
de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!
CON RUMBO A LA ESPERANZA
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ[574]
Public-domain text, read in full here on John Shaqi.
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