Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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El más conspicuo de todos, el más extraordinario, es el _rastreador_.
Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan
dilatadas en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,
y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es
preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre
mil; conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o vacío.
Ésta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un camino de
encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como de
costumbre, la vista al suelo. "Aquí va, dijo luego, una mulita mora, muy
buena... ésta es la tropa de don Zapata... es de muy buena silla... va
ensillada...[96] ha pasado ayer..." Este hombre venía de la[97] sierra
de San Luis, la tropa volvía de Buenos[98] Aires, y hacía un año que él
había visto por última vez la mulita mora cuyo rastro estaba confundido
con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto
que parece increíble, es con todo, la ciencia vulgar; éste era un peón
de arria, y no un rastreador de profesión.
El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones
hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que
posee, le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos lo tratan con
consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o
denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un
robo se ha ejecutado[99] durante la noche; no bien se nota, corren a
buscar una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que
el viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el
rastro y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus
ojos vieran de relieve esa pisada que para otro es imperceptible. Sigue
el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa, y
señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: "¡Éste es!" El delito
está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación.
Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la
evidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a
este testigo que[100] considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo
mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficio
durante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años;
encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y
lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta:
"ya no valgo nada; ahí están los niños;" los niños son sus hijos, que
han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que
durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.
Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbar
regresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no
se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajo
por una calle de los suburbios, entra en una casa, y encuentra su
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