Argentina, Legend and HistoryBlasco Ibáñez, Vicente
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Argentina, Legend and History
Blasco Ibáñez, Vicente
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En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una
escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado
con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho
también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la
dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y
un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes.
Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el
semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si
llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que
la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.
El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los
que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro
apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno
era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el
presidente de la sala, el amigo de Rosas.
Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada
de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres
enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos
rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón
de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.
Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto,
oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el
moribundo su mano venerable:--¡Sube al cielo, mártir de la libertad
argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.--Y como si
la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición,
exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.
En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de
sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados
entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras
que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste
por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las
manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de
aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la
vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil,
mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de
rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con
siniestra serenidad,--¡Adiós, padre mío!--dijo estrechando la mano
helada del muerto,--muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré
vengado.
Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.
VIII. El Terrible Drama
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